jueves, 20 de mayo de 2010

LA CAMA DE PANDORA

SEXY RELATO


(Ilustración: Luci Gutierrez)
'El síndrome Pocahontas'
Patricia, Elena y yo llevamos años realizando un curioso experimento para demostrar la sinsustancia emocional de algunos hombres.

De hecho, aprovechando la circunstancia, Patri, que es psicóloga, cree que está en condiciones de escribir una tesis doctoral al respecto.

-"Yo voy a proponérselo a algún catedrático de la Facultad, a ver si cuela", me contaba ayer convencida mientras se acariciaba entre complacida y disgustada su nuca desnuda. Y es que esta primavera Patricia se ha cortado el pelo.

No parece que tenga menor importancia, pero tal y como lo define ella (definición que me ha copiado), es como si se hubiera borrado la cara. ¡Los hombres no la ven, sólo algunas mujeres! Y las que la ven es para decirle:

-"Uy, qué corte tan mono te has hecho. Te queda genial...". Lo que viene a significar: "Ni muerta me hago yo eso...". Y es cierto, ni muertas se lo hacen.

Hace años que vengo observándolo y no falla. Una vez, hace mucho tiempo, entré con Patri y Elena en un pub de moda lleno de gente guapa hasta las trancas. Aquel día yo estrenaba un corte de pelo arriesgado, pero muy favorecedor, que le daba un merecido descanso a mi desgastada melena y un juvenil toque de “virgencita viciosa” (mi estilista dixit) a mi cara. Después de dar dos vueltas por el garito, entrar al baño y pedir una copa, llegué a la conclusión de que yo y solo yo, entre las 200 o 300 chicas que habría allí, llevaba el pelo a la altura de las orejas.

Por supuesto, mis amigas ligaron y allí me quedé, sola y abandonada, intentando averiguar por qué nadie me miraba si prácticamente era una clienta asidua y nunca cerraba una noche en blanco.

Aquella vez fue un fracaso, pero de ahí nació la idea del experimento. Meses después, en verano, conocí a unos chicos estupendos en la playa a la que voy siempre. Me adoptaron como amiga y me sacaron a pasear sin intentar nunca ligar conmigo. La verdad es que tampoco me importó mucho (todo el mundo se merece un descanso...), pero tomé oportunamente nota para el recuento de Patri.

Después le tocó a Elena, que aprovechó que cortaba con su entonces novio para cambiarse de look y ¡zas! La mujer que los enamora a todos, nuestra Elena de Troya, se quedó como Sansón cuando a Dalila se le fue la mano con las tijeras: hundida, desconcertada.

-"¿Pero como es posible, Pandora?", preguntaba descorazonada. "Tengo la misma cara, el mismo culo, las mismas tetas y las mismas ganas... Pero es como si estuviese muerta. ¿Me hace mayor?".

Pero no. Ni a Elena le hacía mayor, ni a Patri se le borra la cara ni yo dejé de ser Pandora, pero parece claro que, para muchos hombres que viven aferrados inconscientemente a un ideal estético, al cortarnos la melena perdimos sex appeal.

Como lo del pelo siempre es algo reversible, con el paso del tiempo fui comprobando cómo mi popularidad renacía según iba recuperando centímetros. Cuando la melena traspasó la barrera psicológica de los hombros, volví a tener cara y cuando creció otros cinco dedos más se me abrían solas todas las puertas. Tanto que, cuando entraba en algunos sitios, es como si hubiesen tocado la campanilla para anunciarme. Así, como a mí me gusta: giro de cabeza de 180 grados, brillo de acero en los dientes y mirada aprobatoria.

Nuestra hipótesis quedó definitivamente confirmada cuando el verano pasado volví al pueblo de la playa al que no regresaba desde hace dos años, y mis entrañables amigos de entonces me querían sacar de paseo igual, pero ya en solitario y con otras intenciones. Una noche, sentada sobre el más guapo (y simple) de ellos en una tumbona abandonada de la playa, me di cuenta de que no dejaba de sobarme la melena (vamos, que la utilizaba casi para equilibrarse entre embestidas), así es que aproveché para preguntarle.

-“Oye, ¿qué te pasa? No me des tirones”.

- “¿Eh?... Mmm, nada. Pero estás tan guapa, tan cambiada...”. Ganitas me entraron de levantarme de allí, pero entonces me soltó el pelo, metió las manos bajo mi falda y me hizo olvidarme un rato del experimento.

Lo mío con las cabelleras largas es una relación de amor-odio: me gusta lucirla, pero es tan incómoda y difícil de cuidar... Da muy buen resultado, pero a veces te sientes antigua. Tardas un segundo en cortártela y varios años en volver a tenerla igual. ¡Y cada vez que se te cae un pelo parece que te estás quedando calva!

En realidad, el sueño de mi vida es raparme la cabeza a lo Demi Moore en La teniente O'Neil y que se me acerquen los mismos hombres que ahora. Pero qué queréis que os diga. Una vez concluido el estudio y sacadas las conclusiones, no creo que caiga esa breva. Para darnos la razón, el pasado domingo el Magazine de EL MUNDO publicó un reportaje sobre otro mito que todavía no puede derrumbarse: los caballeros las prefieren rubias porque las identifican como más inocentes y bondadosas. Si ya lo decía Marilyn...

La guinda la puso anoche un amigo cachorro que tengo (heterosexual y entrañable), que me confesó que a él le gustan las chicas con pelo corto porque está enamorado de los cuellos.

-“Hay cortes muy chic y favorecedores, Pandora”. Sí, lo sé. Pero no tuve que torturarle siquiera para que, cinco minutos después, me confesara que, cuando se imagina con una mujer en la cama, la idea que tiene en la cabeza es la de una bella amazona sentada a horcajadas sobre su cara, con el cuerpo arqueado hacia atrás y las puntas de la melena haciéndole cosquillas suavemente el escroto mientras él le acariciaba otra cosa con la punta de su lengua.

En fin, una víctima más del síndrome Pocahontas.


Gracias:
Pandora Rebato
http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/lacamadepandora/2010/05/20/el-sindrome-pocahontas.html
♪♪♪♪♪

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