lunes, 28 de septiembre de 2009

Salud 77

El sonido de la naturaleza


(Foto: Juhanson/Unas frambuesas)

MORAS, FRAMBUESAS, ARÁNDANOS, Y MADROÑAS

No cabe duda de que en la naturaleza existe el sentido de la oportunidad. A comienzos del otoño, cuando los insectos desaparecen y la comida empieza a escasear, los arbustos del campo se llenan de suculentas frutas de colores rojizos y violáceos.

Moras, frambuesas, gayubas, acerolas, arándanos, madroñas, escaramujos y otras muchas, brotan en el mejor momento, cuando las aves necesitan nuevas energías.

Pájaros insectívoros y granívoros, sin distinción, están dispuestos a mancharse el pico de morado. Los migrantes para proseguir el viaje hacia el sur. Los sedentarios, los que se quedan, para engordar y resistir los tiempos que se avecinan. Unos prefieren la pulpa, dulce y nutritiva. Otros buscan las semillas, auténticos concentrados de energía. Todos salen satisfechos.

Por estas fechas, en torno a los colores rojizos de los frutos se concentran los sonidos del bosque. Una sinfonía muy pobre, formada por los silbidos y chasquidos, los simples reclamos a los que queda reducido el lenguaje de las aves canoras.

La secuencia sonora transcurre en torno a un zarzal, una de esas marañas que crecen en cualquier linde, junto a una valla, en todas las riberas. Por los alrededores deambulan los pájaros forestales, impacientes, tímidos, más o menos hambrientos, que no pierden de vista a las suculentas moras. Se aproxima un gordo camachuelo, con su pecho colorado como una mora sin madurar. Pasa de largo una bandadas de jilgueros. No es que desdeñen las bayas, aunque prefieren otro tipo de comidas más espinosas, como las semillas de los cardos, a las que tienen acceso en exclusiva gracias a la longitud de su pico.

Los zarzales son el hábitat de las currucas; estos pájaros, casi siempre vistas como sombras fugaces entre las marañas, se delatan por medio de sus reclamos. La curruca capirotada, que en primavera hace gala de un fraseo musical, dulce y aflautado, lanza ahora unos chasquidos ásperos, más parecidos al sonido que se produce al entrechocar dos guijarros que a la voz que cabría esperar de un ave. Su congénere, la curruca cabecinegra, emite un parloteo continuo, como el producido al sacudir un montón de esos mismos guijarros.

Un gruñido áspero escapa del interior de la maraña. Rebulle un chochín, tan pequeño que puede meterse por los entresijos a los que casi nadie llega.

Estamos en los días del veranillo de San Miguel y durante un momento el chochín tiene una ilusión, sufre una regresión sonora y canta con la voz de cualquier mañana de primavera. Pero la ilusión dura poco, hay que alimentarse y el gruñido regañante se oye de nuevo por la espesura.

Muchas de estos pajarillos se dirigen ahora hacia el sur, a sus áreas de invernada. Con ellos viajan los papamoscas grises, insectívoros estrictos obligados a cambiar de dieta. La discreción del papamoscas, un tenue silbido agudo, metálico, contrasta con el graznido desgarrado de la urraca; cuando se habla de comida, nunca ha de faltar un córvido.

Por encima de la escena reclama un pinzón vulgar, con una serie de notas simples, dobles y triples. Parece dudar; los pinzones se encuentran a gusto por las ramas o rebuscando la fruta caída en el suelo, pero no en las inestables y afiladas frondas del zarzal. Pero hace mal en esperar.
Se aproxima un barullo, una mezcolanza de silbidos, carraspeos, chillidos y aleteos. Llegan decenas de carboneros, herrerillos y mitos, una bandada mixta que deambula por el sotobosque envuelta en un sutil murmullo.

Bienvenido Lucy`s restaurant a la sección de SALUD 77

Gracias:
Carlos de Hita
Elmundo.es/el sonido de la naturaleza
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