sábado, 20 de octubre de 2007

Angkor Wat

Donde la piedra es el tesoro


(Fotos: Sergio y Alejandra)

Conocida como la “Ciudad Perdida”, Angkor Wat, en Camboya, es considerada el complejo religioso más grande del planeta

Localizada en Camboya, al sur de la Península Indochina, la “Ciudad Perdida” fue descubierta al mundo en 1860 y es considerada como el complejo religioso más grande del mundo.
El conjunto arquitectónico, cuyo edificación en piedra tardó treinta años, data del siglo XII, siendo por ello contemporáneo de Notre Dame de París. Fue construido en el reinado de Suryavaman, durante el imperio Khemer (siglos IX-XIV) y se distingue por su grandiosidad y compleja ornamentación. En medio de la jungla y la neblina, de Angkor sobresalen sus cinco torres (la mayor de 70 metros de alto) que representan sendos picos del monte sagrado de Meru, el centro del universo hindú. De hecho, tres de esas torres constituyen el escudo nacional de Camboya,

Del presunto esplendor de Angkor sólo ha llegado hasta nosotros una descripción. Se trata del relato del chino Tcheu Ta-kuan,2 que llegó allí en agosto de 1296 en una misión diplomática. Con un estilo chispeante narra anécdotas de la vida diaria y describe las costumbres de los habitantes de Angkor. Cuenta que todas las noches en una torre de oro el rey debía unirse a una serpiente de nueve cabezas que cobraba la apariencia de una mujer. En palacio, las damas “blancas como el jade” llevaban moño y el busto desnudo. En cambio, según su descripción, los habitantes eran “bastos, morenos y muy feos”. Los nobles paseaban en palanquines de oro e iban ataviados con ricas telas cuyos diseños indicaban su rango. Sus casas tenían techumbres de plomo y de tejas “mientras que el pueblo sólo utilizaba la paja”. La agricultura se practicaba en las riberas del gran lago Tonlé. En la estación seca, las aguas se retiraban del bosque inundado en torno al lago, los campesinos bajaban de los montes y cultivaban en esas tierras arroz de secano y arroz flotante.Al caer Angkor, vencida y saqueada por los siameses en 1432, el rey y su corte abandonaron el sitio devastado. El bosque tomó posesión de las ruinas. Las construcciones de madera, los escritos en hojas de palmera y pieles raspadas desaparecieron, víctimas del clima húmedo y de los insectos.

El Sr. Fernando Baeta nos relata en su descripción que una simple mariposa tuvo la culpa. Que un naturista francés, Henri Mouhot se llamaba, iba tras ella y encontró las ruinas de Angkor en noviembre de 1859. Ignoraba entonces el tal Mouhot que siguiendo aquel aleteo iba a devolver al mundo uno de los mayores tesoros, si no el mayor, que el pasado le ha otorgado. Que parece obra de ... ... dioses más que de hombres. Que está, en todo caso, mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Que es un lugar donde el tiempo se detiene, donde las manecillas de cualquier reloj dudan, la luna espera noche tras noche que llegue su turno y el sol se levanta cada mañana pidiendo permiso para posar sus rayos sobre piedras tan milenarias. Sobre un ancho puente las cabezas talladas de 54 dioses y 54 demonios se ponen firmes para recibir al visitante. Al frente, un estrecho portón, por el que apenas pasa un automóvil, nos adentra en el pasado; y en lo más alto de la gran puerta el rostro impresionante de Jayavarman VII, el amo y señor de vidas y muertes, que en el siglo XII construyó Angkor Vat, la capital del imperio jemer, se proyecta hacia los cuatro puntos cardinales para avisar al viajero que está en el centro del universo.

Ésta es sólo una de las cinco puertas —y ellos son sólo 108 de los 540 dioses y demonios que las vigilan—que dan entrada al gran complejo arquitectónico de Angkor: mil templos esparcidos por poco más de doscientos kilómetros cuadrados de jungla camboyana. Entre los siglos IX y XII, una docena de reyes jemeres edificaron, entre los montes Kulen y el lago Tonle Sap, una sucesión de capitales, como Angkor Thom, que llegó a albergar a más de un millón de personas en su época más floreciente. Ahora, de todo aquello, sólo quedan dioses adormecidos y viajeros sorprendidos. Las piedras y la vegetación han convertido las antiguas capitales en juguetes del tiempo. La paz ha vuelto a instalarse allí. El silencio se ha hecho fuerte, y sólo le queda al viajero preguntarse cuándo podrá volver. Cuándo podrá volver a ver amanecer sobre la balaustrada que conduce a Angkor Vat, posiblemente la construcción religiosa más grande del planeta; cuándo levantará nuevamente su mirada para ver sus cinco torres en forma de loto; cuándo se sentará otra vez en alguna de las galerías interiores del Bayon para mirar, simplemente para mirar y sentir el peso de alguna de las imágenes de Jayavarman VII que lo inundan todo; cuándo podrá nuevamente contemplar la fuerza de las raíces que se han apoderado sin misericordia de Ta Prohm o disfrutar de las Apsaras que quiso robar André Malraux o deslumbrarse con la piedra rosa de Banteay Srei, el templo de las mujeres...

Gran recomendación

Cuatro días, cuatro días es lo que le recomiendo al viajero que pase yendo de un lado a otro, viendo y volviendo a ver, repitiéndose, vagando sin rumbo, parándose cuando llueve, arrancando nuevamente cuando cesan de caer sus rotundas gotas de agua que lo empapan todo, absolutamente todo. Cuatro días no es demasiado si se habla de Angkor, si se tiene un coche con conductor que le avise a uno de la hora exacta en la que empezará a llover y le lleva de templo en templo una y otra vez; cuatro días no es casi nada si también se visita el mercado central de Siem Reap, la pequeña ciudad llena de hoteles caros y baratos que vive a expensas de las ruinas, y pierde uno el tiempo regateando la compra de algunas antigüedades, no demasiado antiguas, pero, eso sí, a buen precio. Cuatro días que tienen que empezar por Angkor Vat, la joya de la corona. Su arquitectura es simplemente perfecta, su escala y formalidad estructural no tienen nada que envidiar, dicen los expertos, al mismísimo Taj Mahal, aunque al contrario que éste se encuentra no en un entorno urbano sino a caballo de una jungla, un bosque y una llanura. Sus cinco torres simbolizan el centro del universo hindú. Hay que empezar a verlo muy de mañana, cuando todavía los rayos del sol no han hecho su aparición; está rodeado de murallas y de un foso que antaño estaba repleto de cocodrilos y que ahora sólo se llena de agua en la época de las lluvias. Si madrugas puedes oír los cánticos de los monjes budistas, con sus túnicas color naranja, cuando empiezan su peregrinaje matutino en busca de limosna, y percibir el intenso olor del incienso que el sol matará poco después. Hay quien asegura que lo mejor de Angkor Vat no es lo que se ve desde el exterior, sino lo que se puede descubrir en sus entrañas: la calidad y la extensión del bajorrelieve esculpido sobre las cuatro murallas exteriores que lo rodean. La calidad artística de esta narración tallada en piedra, e inspirada en el Ramayana y en las titánicas guerras entre los hombres y los dioses bajo formas de animales, es simplemente irrepetible, de una belleza sin igual y única en el mundo por su tamaño: casi 1.600 metros dividios en ocho paneles. Cabe destacar la narración que transcurre por la pared de la galería sur, El juicio de Yama, donde se pueden apreciar las descripciones divididas de la vida en el cielo, parte superior del mural, y en el infierno, parte inferior. También El batir del océano de leche, donde se describe cómo los dioses y los demonios dan caza a una serpiente para elaborar el elixir de la vida.

Un lugar de dioses

Yo me quedo con el Bayon de Angkor Thom y su increíble salón de los espejos, donde el rostro de Jayavarman VII aparece en las cuatro caras de las 54 torres que ascienden paulatinamente hasta tocar casi el cielo. Es el lugar ideal para parar y pensar, para ver y escuchar, para sentir y soñar. Poco importa el calor, la humedad y el agua, es, sin duda, la parte de la tierra que está más cerca de las estrellas. A nivel de suelo existe otro bajorrelieve donde se narran las campañas emprendidas por los jemeres contra los vietnamitas y los siameses y la vida cotidiana de los habitantes del lugar. El arte es menos intenso que en Angkor Vat, pero también consigue hacerse inolvidable. Como inolvidable resulta Ta Prohm, un templo que sigue estando igual que cuando fue descubierto por el naturalista francés. Caminar allí resulta sobrecogedor, pero una experiencia única, lo mismo que subirse sobre las piedras derruidas de Preah Khan y andar sobre ellas como quien anda sobre las entrañas de un volcán. Los árboles de Ta Prohm, algunos de ellos con más de 300 años, se han apoderado del conjunto, lo han hecho suyo, han crecido entre sus piedras, ha entrado por sus puertas y han salido por sus ventanas. La jungla, al contrario que en Angkor Vat y Angkor Thom, ha podido con todo y se ha erigido vencedora ante la obra del hombre. Sus arcos están rematados con perfectas esculturas de las Apsaras, las célebres bailarinas que hace más de 700 años actuaban en la corte jemer y eran consideradas ninfas celestiales. Para muchos, Banteay Srei, el templo rosa, el de la mujeres, es el más hermoso del complejo. Es relativamente pequeño y fue construido en el siglo X, en pleno crecimiento del imperio jemer. También allí pueden verse bellísimas Apsaras y múltiples escenas tomadas de la mitología india. Unas y otras son auténticas obras de arte. ¿Pero hay algo que no sea una obra de arte en el corazón de Camboya? Se ignora qué fue de aquella mariposa que perseguía Mouhot, pero su vuelo jamás será olvidado por quienes, desde que tuvimos uso de razón, decidimos que algún día iríamos a Angkor.

Como una pequeña guía por si algún día vamos al centro del universo, aquí les digo como...

LLEGAR

La compañía aérea Thai Airways (Tfno: 91 782 0520) vuela desde Barcelona hasta Phom Penh, haciendo escala en Francfort y Bangkok, dos veces por semana (lunes y miércoles). En Phom Penh hay que tomar un vuelo doméstico hasta Siem Reap, que dura apenas 30 minutos. La mayoría de los hoteles cuentan con conductores-guías que trasladan al viajero hasta Angkor.


ALOJAMIENTO

En Siem Reap, localizado a ocho kilómetros de Angkor, es recomendable el Grand Hotel d’Angkor (Tfno: 963 888. E-mail: raffles. grand@bigpond,com.kh) por su solera (data de 1930) y reputación. El Angkor Village (Tfno: 963 563. E-mail: angkor.village@worldmail.com.kh) está compuesto por 18 tradicionales casas de madera; cuenta, además con un restaurante recomendable. Mucho más económico, sin encanto alguno, pero limpio, es el Golden Apsara (Tfno: 911 292).

DONDE COMER

Para disfrutar de la gastronomía asiática se recomiendan Bayon, delicioso y buen servicio y Banteay Srei, buena cocina jemer a precios razonables. Chhouk Rath sirve tanto platos típicos jemeres, como cocina francesa en un ambiente informal. Cocina exclusivamente europea en Lotus Restaurant o bien en el Swiss Centre d’Angkor.

Geografía:

Angkor, la capital del antiguo imperio jemer, se sitúa en el noroeste de Camboya, en la península de Indochina. Población: El 90% de los once millones habitantes de Camboya son de etnia jemer. Idioma: La lengua oficial es el jemer, pero también se habla inglés y francés.

ANGKOR

Nada es comparable a estas ruinas. Angkor Vat, Angkor Thom, Bayon, Ta Prohm y Banteay Srei son algunos de los paraísos perdidos que todavía estan al alcance del hombre.

Mucha información fue rescatada de la página de internet:

http://www.elmundo.es/viajes/2002/10/1026294178.html

ANGKOR WAT

Patrimonio cultural de la humanidad

No hay comentarios.: