miércoles, 20 de octubre de 2010

LA CAMA DE PANDORA

'Juegos eróticos de barras y estrellas'

Ilustración: Luci Gutiérrez

Perdón por la tardanza, pero es que me duele todo el cuerpo. Me duelen hasta músculos que no sabía ni que tenía. Este fin de semana he ido a mi primera clase de Pole Dance y llevo unos días metida en la cama con tamaño dolor en zonas tan sensibles, que no me apetece ni masturbarme.

De hecho, creo que se llama barra americana porque, cuando te bajas, sólo ves las estrellas. Cuando yo era adolescente nos subíamos a la barra del pub a bailar como las locas con mucho movimiento de melena y coreografías que ensayábamos en el baño. Elena y yo debimos de patentar aquella idea en su momento porque luego vino un listo e hizo una película (Bar Coyote) y otro más listo todavía lo puso de moda y ahora las gogós de Pachá trabajan tres meses y con la pasta que cobran viven el resto del año. Y pensar que a nosotras sólo nos invitaban a una copa...

Pero volviendo a mi clase de Pole Dance... ¡ha sido una gozada! En serio. Después de lograr sostenerme con la fuerza de mis piernas y hacer un par de equilibrios incipientes, tengo claro que, en cuanto pueda volver a moverme me apunto otra vez. Adoro sentirme sexy y, a la vez, poderosa, ¡es adictivo!

Estoy, incluso, contemplando la idea de instalar una barra de ésas en mi dormitorio y montarme una pequeña coreografía para sorprender a todos los chicos que hagan méritos para pasar de mi salón.

Sólo me asalta una duda que me molesta incluso más que estas mortales agujetas: ¿cómo sabré a quién montarle el numerito de gata en celo equilibrista? Quiero decir: no a todos los hombres les gustan esas cosas, no os vayáis a pensar.

Precisamente el otro día, cuando la profesora de Pole Dance nos daba unas nociones de striptease antes de subirnos a la barra, me acordé de una historia que me viene al pelo para explicaros por qué, para darle gusto a los hombres, no hay una receta única y (oh, sorpresa) a veces no funciona ni lo más básico.

Resulta que hace bastantes años, tenía yo un sofisticado amante que me invitó a una velada íntima en su casa para celebrar que había terminado el doctorado. Pensando en cómo sorprenderle, decidí ir vestida, únicamente, con un abrigo y unos zapatos de tacón. Creo que se lo vi hacer a Melanie Griffith en La Hoguera de las Vanidades o en Armas de Mujer, no me acuerdo, y me pareció de lo más sugerente. Sólo que, como era invierno, me puse unas medias (de las de liga, eso sí) y un liguero como toda ropa interior (notesé bien que no he hablado de sujetadores ni de bragas), antes de echarme a la calle a esperar el autobús.

Será porque iba abrochada de arriba a abajo o porque el viento traicionero me abría a veces los faldones del abrigo, pero durante todo el trayecto tuve la sensación de que los demás pasajeros sabían tan bien como yo lo baratito y ligera que vestía por dentro,
Afortunadamente, el viaje fue corto y en menos de media hora ya estaba yo con mi postura más provocativa, llamando a la puerta de mi amigo.

Me abrió, entré, me besó, le besé, me retiré y, muy despacito, sin dejar de mirarle, empecé a desabrocharme el abrigo. Me había imaginado un montón de frases, reacciones y cosas que me haría cuando dejase caer a prenda a mis pies pero, lo que son las cosas, no acerté ni una.

-"No me gusta eso. Pareces una puta". Así, como suena. Pero con su gesto más agrio mirando asqueado mi liguero. Me dejó helada el señor catedrático...

"Tócate las narices", pensé. "Es que nunca sabe una cómo acertar". Así es que, como la frasecita me había congelado las ganas más rápido que el hidrógeno líquido, controlé las ganas que tenía de estrangularle con las medias, recogí mi abrigo del suelo, me lo puse y me marché.

Con la moral en los talones pensaba en volver a casa cabizbaja, cuando me acordé de que otro de mis amigos más íntimos vivía no muy lejos de allí y, repentinamente excitada, decidí darle una sorpresa. "Total, peor no me puede ir", pensé. Así es que tiré sin avisar hacia su nada glamouroso piso de estudiante sin saber qué me iba a encontrar. Pero me salió bien. Mi amigo estaba solo en casa, así es que pude hacer el numerito completo y no tuve que escuchar ningún exabrupto. Básicamente porque se quedó sin palabras.

Cuando una hora después besaba mi espalda, después de un primer round de sexo salvaje y primitivo que gané por puntos (orgasmos), el muchacho (que ya había recuperado la voz) todavía no daba crédito a su suerte.

-"Nunca jamás me habían dado una sorpresa así. Me ha encantado, eres increíblemente sexy, Pandora".

Lo mismito que el recién doctorado, vaya... No tuve más remedio que recompensarle dejándome amarrar con el liguero al cabecero de la cama y quedando a merced de sus caprichos tooooooda la noche (pero ésa es otra historia...).

Así es que, visto que la misma cosa puede hacer felices y desgraciados a dos hombres no tan distintos (al fin y al cabo los dos me tenían a mí en común), estoy en un sin vivir con lo de la barra de Pole Dance.

Mientras escribía estas líneas he decidido que voy a ponerla, pero ahora no tengo muy claro dónde. Estoy pensando que, en lugar de en el dormitorio, voy a colocarla en el salón. A lo mejor disimula un poco si le cuelgo unas macetas o unos juegos de obstáculos para Prometeo (mi gato)...

Así, si me ligo a otro soso desagradecido al que no le guste mi número de seducción, siempre le podré decir que me estoy preparando las oposiciones de bombero y practicando el rescate de felinos.

Aunque me temo que no hay quien se crea que por la barra del parque se baja y se sube lamiendo el poste y haciendo contorsiones en bragas y sujetador.

Gracias:
Luci Gutiérrez
http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/lacamadepandora/2010/09/23/juegos-eroticos-de-barras-y-estrellas.html
♪♪♪♪♪

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